Día 3: CITY TOUR, UN VIAJE AL PASADO




Cape Town (Ciudad del Cabo), Sudáfrica — lunes, 3 de mayo de 2010

   Arriba temprano (lo que sería una constante en todo Sudáfrica) porque hay mucho que ver. A las ocho ya estábamos en la calle, con el mapa en la mano, listos para dar una vuelta circular al City Bowl. Como estábamos en Gardens, lo primero que visitamos fue el Company´s Gardens, un parque arbolado y con jardines que en los primeros tiempos de la colonia fue donde construyeron las granjas los colonos que habitaron el Fuerte (Castillo de la Buena Esperanza). En la actualidad es un bonito espacio verde, el único pulmón céntrico de Cape Town a cuyo alrededor se encuentran emplazados varios edificios públicos y museos. En su interior diseminadas por sus callecitas hay varias estatuas de personajes de la historia del país como Cecil Rhodes, un inglés importante en el desarrollo minero de la Sudáfrica blanca y varios otros países del continente (incluida la otrora Rodhesia, actuales Zambia y Zimbawe); pero lo más colorido son las pequeñas ardillas que vienen al encuentro del visitante en busca de algo que comer. No son autóctonas de la región pero a esta altura ya es típico sacarse la foto dándoles de comer con la mano. Una anécdota de color fue que mientras recorríamos el parque se nos acercó un vagabundo, blanco, tuerto y lleno de cicatrices, y se nos puso a contar datos históricos de los personajes representados en las estatuas y otros atractivos del lugar, incluida una vereda en la que hay (a modo de memoria permanente del apartheid) un banco exclusivo para blancos y otro para negros –que aún sabiendo de su existencia no nos resultaba fácil de encontrar. Luego, respetuosamente nos pidió algo para comer y se retiró.
Más tarde lo cruzaríamos leyendo un libro en un banco de los jardines.
Desayunamos como Dios manda y con las energías repuestas seguimos camino a pie. Ahora nuestra parada era el District Six Museum. El sexto distrito era un barrio de negros que en tiempos del Apartheid (y no sería el único) fue removido y relocalizado en su totalidad en un Township (el equivalente a una villa de emergencia) para construir un barrio para blancos. La muestra es chica pero con mucha fuerza testimonial, no tiene mucho renombre – lo saqué de la Lonely Planet- pero a nosotros nos gustó mucho. Hay pequeños objetos y fotos que muestran cómo vivían esas familias antes de ser removidas, reconstrucciones de ambientes de casas, negocios, peluquerías, etc. Testimonios escritos, copias de diarios de la época, mucha infografía y lo que más me gustó: el piso del salón principal es un gran mapa del antiguo barrio en el que las familias han ido escribiendo con lapiceras y fibrones sobre el croquis de las manzanas, dónde vivían, cuántos eran, de su puño y letra. Realmente la fuerza testimonial de esa alfombra gigante es muy fuerte, y sólo se aprecia en su totalidad si te asomás desde el primer piso. Yo lo recomiendo para el que le interese la historia del país.
Luego caminamos en dirección a Long Street pero desviándonos para pasar por el Castle Of Good Hope (el primer fuerte donde se instalaron los colonos holandeses para resistir y resguardar esta parada estratégica en el camino entre las Indias Orientales y Holanda), sólo fotos desde afuera porque nos vamos quedando sin tiempo; y la Green Marquet Square, una plaza seca donde hay un mercado tipo feria artesanal que la ocupa casi en su totalidad. Aquí ya nos econtramos en el centro económico y de negocios de la ciudad. Seguimos caminando hacia Long Street y de repente, por vez primera, nos encontramos rodeados de gente de color, sin turistas a la vista. Fue un momento inquietante, no por sentirnos amenazados ni nada que se le parezca, sino porque fue la primera vez que nos sentimos distintos. Nos dijimos Ok no pertenecemos a este lugar y se nota. Duró apenas unos segundos, pero fue como en las películas, cuando se baja el sonido ambiente y todo pasa como en velocidad lenta y el protagonista no se halla en su centro, no sé si me explico. Nuestra primera experiencia netamente sudafricana. Luego volvimos de nuestro trance extraño y te dabas cuenta que la gente iba en su mundo como en cualquier ciudad, apurada, hablando por celular e ignorándote. Pero no terminábamos de aggiornarnos a esto cuando vemos por la calle una manifestación de ex mineros frente al Parlamento, vaya a saber uno qué reclamaban pero fue una experiencia única y extraña que potenció ese momento –diría yo el primer contacto directo con el África negra, de ahí la idea de Ciudad del Cabo como lugar ideal para hacer esta transición desde el occidente clásico hacia el África profunda-. Hileras de gente vestida de forma humilde lideradas por un viejito con un bastón de palo, todos negros, por supuesto, y cantando canciones pero que no sonaban a reclamos al son de los cantitos de las hinchadas de fútbol, sino que tenían la profundidad expresiva de un coro góspel perfectamente armonizado. No cortaban la calle, sólo un carril. Sin entender cuál era el reclamo, ni lo que decían una sensación de paz y de melancolía nos invadió. Conmovidos y tocados por todo esto seguimos paso hasta la famosa Long Street, de aspecto muy británico por momentos, con edificios victorianos que son usados por hostels juveniles y por pubs y bares por el estilo
Un poco más alejada hacia el este está el pequeño barrio de Boo Kaap, de inmigrantes malayos y de esa zona, llamados por los Afrikaners como coloureds para diferenciarlos de los negros propiamente dichos. Es un barrio de casas sencillas pero con unos colores vibrantes muy atractivos. Hay algunos bed and breakfast que tenían buena pinta.
Pasaba el mediodía y todavía nos quedaba el Waterfront y la excursión a Robben Island, así que caminando ligero volvimos para el hotel pasando por el costado del Company´s gardens donde se encuentran los bancos exclusivos para blancos y para negros. Es una sensación muy fuerte pensar en todas las leyes racistas que impusieron estos fanáticos sin que a nadie se le mueva un pelo en el ámbito internacional. Vale la pena pararse frente a este tipo de cosas y tomarse unos minutos para reflexionar y dejar aflorar un poco los sentimientos que genere. Hacer un City Tour habiendo leído un poco sobre la historia de Sudáfrica es muy movilizador y enriquece ver lo que esta gente ha hecho con su pasado y su reflejo en el presente.
Llegamos al hotel y nos esperaba una grata sorpresa, en un sobre a mi nombre había una carta de disculpas, 40 rands de vuelto y una copia de la sanción que le habían aplicado al taxista que la primera noche se había abusado al cobrarnos cai el doble de su tarifa habitual el viaje al Waterfront. El día anterior, sin mayor convicción, le había comentado a la al conserje del hotel lo que nos había pasado, y como los taxistas te dan su tarjeta, resultó que teníamos los datos del hombre. Con esa información él hizo una llamada en nuestro nombre y me dijo que me quede tranquilo que el reclamo ya estaba hecho. Quizás porque en mi país las empresas jamás responden a favor del cliente, me sorprendió sobremanera semejante deferencia para con el turista.
Con esos 40 rands en el bolsillo subimos a un taxi donde el simpático chofer intentó enseñarnos distintos dialectos e idiomas de la región (era de Mozambique) mientras nos llevaba al Green Point para tratar de ver el estadio donde se jugaría el mundial apenas unas semanas más tarde. No estaban permitidas las visitas así que debimos conformarnos con algunas fotos desde afuera. Luego salimos volando hacia la Puerta Nelson Mandela porque teníamos reservados los tickets para la excursión de las tres de la tarde a la Robben Island.
La excursión arranca en un catamarán grande en donde te llevan hasta la isla. Aproximadamente unos 30 minutos de navegación. Al llegar tomás un micro con el que te hacen un recorrido perimetral a la isla mientras un guía te cuenta detalles de la historia de la misma, que fue una base militar, un leprosario, nos mostró la cantera donde había trabajado Mandela y la cueva-baño donde se juntaban a organizar la resistencia; y algunos edificios particulares como el correo.
Luego llegó lo más importante, el micro estacionó en la entrada de la cárcel propiamente dicha donde nos vino a buscar un ex convicto que fue quien nos mostró la cárcel. Es muy movilizador que sea justamente un ex detenido quien te cuente en primera persona cómo era vivir allí. Uno de los momentos más fuertes fue, sin duda, ver la celda donde estuvo 30 años Nelson Mandela; el otro, ver la celda común donde hacinaban a los presos políticos, el tamaño de las camas, los baños, pero sobre todo, un pequeño cartel que mostraba el reglamento del comedor, diferenciando las raciones de comida para los blancos, que eran las más grandes, luego venían las de los coloureds y por último con la mitad de las cantidades de éstas se armaban las raciones para los negros (bantúes).
SI bien las imágenes hablan por sí solas, y el estar ahí ya era inquietante, el escuchar anécdotas del maltrato cotidiano que recibía esta gente sólo por ser de otro color resulta muy movilizador y no hace más que despertar una profunda admiración para con la figura de Nelson Mandela.
Altamente recomendable.
Al regreso aprovechamos para quedarnos en Waterfront, cambiar traveller cheques, comprar souvenires y cenar. Estuvimos en Den Aker y resultó ser muy recomendable. 


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